Extracto
Esta es la memoria abierta de un niño
que llegó tarde a una familia cansada,
y que tuvo que aprender desde temprano
que el amor no siempre llega a tiempo,
que la presencia no siempre se siente,
y que el silencio también educa.
El Hijo No. 7 nació sin pronóstico,
sin espacio,
sin expectativas.
Pero, aun así, respiró.
Dicen que uno empieza a vivir
el día en que respira por primera vez,
pero yo comenzé antes,
cuando un médico miró a mi padre
y, sin adornos, le dijo:
“No va a cuajar.”
Fue su manera de anunciarle
que ese bebé —yo—
no tenía posibilidades.
Demasiado pequeño,
demasiado temprano,
demasiado escuálido
para pertenecer a este mundo.
Mi madre ni sabía que estaba embarazada.
A esas alturas de su vida,
cuando ya había criado seis hijos
y cargaba sobre los hombros más años que ilusiones,
lo último que esperaba era una nueva criatura.
Y mucho menos una con un pronóstico tan oscuro
que ni siquiera le daban 24 horas de existencia.
Pero nací.
Yo era el hijo que no estaba en los planes de nadie.
El que llegó diez años después del último,
cuando mis padres ya habían pasado
por todas las primeras veces.
Yo nací luchando por quedarme.
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